Austin Powers es una de mis películas de risa preferidas. Tiene un humor muy tonto, pero lo bueno de este tipo de humor es que nunca te cansas de repetir el mismo chiste.
Una secuencia de esta película con la que siempre me río por muchas veces que la vea es cuando el Doctor Maligno se lanza a viajar en el tiempo y se pega un ostión.
Hace poco me he visto utilizando esta expresión en una tonta caída en bici por hacer el moco poniéndome las gafas de sol con una mano mientras con la otra tocaba el freno delantero saliendo disparada hacia delante.
Ante la mirada perpleja de mi compañero, me levanté muy digna del suelo, ya con las gafas puestas, eso sí; me volví a subir a la bici y le dije,
-¿Qué pasa? En Bélgica se ponen las gafas de sol así.
Y me partí de risa yo sola. Luego tuve que explicarle un poco la gracia para que no pensara que estaba completamente loca, aunque no sé si lo conseguí.
El caso es que esta anécdota me lleva a pensar en todas esas ocasiones en las que nos vemos obligados a disimular una metedura de pata, pasando un verdadero apuro, para lograr mantener el tipo (léase dignidad) ante la desastrosa situación.
A mi me ha pasado alguna vez con los ataques de risa. Recuerdo una de estas situaciones tratando de llegar a un lugar desconocido en coche, en las que vas con tu pareja discutiendo si por la derecha, por la izquierda, o de frente. Las mujeres, siempre más sociables y confiadas, solemos acabar abogando por preguntar a algún amable peatón.
-¡Para! ¡Para! Mira. Esa tiene pinta de ser de aquí. Seguro que sabe indicarnos-, rogué con pocas esperanzas.
Extrañamente en esta ocasión fui obedecida por mi chico al instante, que debía de estar bastante perdido. Pregunté muy amablemente, y muy amablemente la mujer comenzó a darme indicaciones. El problema es que era tartamuda. Y yo, bicho de mi, en lugar de centrarme en la precisión de sus esforzadas indicaciones, sólo podía pensar en la falta de fluidez de sus palabras. Sin poder evitarlo se me abrieron los labios en una incipiente sonrisa. Lo peor es que cuanto más trataba de controlarla más se desataba. Al final lo que me hizo estallar en una ridícula carcajada fue la toma de conciencia de la propia situación.
Menos mal que mi pareja estuvo listo y en seguida cogió el relevo como interlocutor mientras yo me excusaba diciendo,
-es que veníamos hablando de una cosa muy graciosa.
Otra anécdota muy buena me la contó un amigo hace poco. Cuando llegó a Nueva York a visitar a su primo, ya conocía la afición de éste a frecuentar los restaurantes chinos más cutres del planeta. Pero, comprensivo y entusiasta de compartir las experiencias más peregrinas de la gente a la que quiere, se aventuró a descubrir las delicatessen que podían cocinar los fogones más casposos de Chinatown.
La manera de escoger plato del contumaz gourmet de platos orientales era seleccionar la foto con peor aspecto de las casposas paredes. (Ya sólo va a sitios que no ofrecen carta)
And the winner was... la más descolorida imagen de lo que podría ser cualquier cosa parecida a una masa verde.
Aunque nunca lo sabrán a ciencia cierta, creyeron averiguar que se trataba de algo de pulpo, con posibles verduras. Lo que si pudieron garantizar es que la base de la salsa era ácido prúsico.
Mi amigo no se atrevió ni a probarlo. Se resignó a matar el hambre con pan chino mientras comentaba con su primo su fascinación por la terrible capacidad estomacal de éste.
Pero la segunda vez que el primo sacó el tenedor vacío de su boca, pudo comprobar cómo sus ojos se iban humedeciendo hasta el punto de no poder contener la caída de una delatora lágrima por su mejilla derecha, cada vez más enrojecida, por cierto.
El hombre tranquilo continuaba hablando de las maravillas que estaba descubriendo en la Gran Manzana como si tal cosa.
Pero mi amigo no podía seguir la conversación distraído cada vez más por las raras muecas que brotaban espasmódicamente de la cara de su admirable primo.
No hizo falta hacer muchas preguntas más. Todo quedó revelado cuando al día siguiente, el anfitrión sugirió acudir a un restaurante de saludable comida mediterránea.
¿Será necesaria tanta farsa?

Jajajaja!!! Me troncho!!! Aunque no me gusta que des volteretas por encima del manillar, aunque aterrices bien... Y tampoco que te rías de los tartajas, sobre todo cuando intentan ayudarte... Pero me troncho!!! Jajajaja!!!
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