lunes, 6 de abril de 2015

¿SENTIR O PENSAR?




Es evidente que me como bastante el tarro. También habréis comprobado los que me seguís que tengo una enorme necesidad de escribir.
Mi profesora de Literatura Universal, una de las más bellas asignaturas que he tenido la suerte de estudiar en Periodismo, planteó una gran cuestión en su primera clase.

-¿Por qué los hombres escriben?

Es una pena que no conserve aquellos apuntes, pero creo recordar que básicamente había dos razones principales: Una era, como en la esencia de todo arte, para retener por siempre la belleza de un instante. Otra para escapar de una realidad que nos nos satisface.

En mi caso siempre he escrito para tratar de conocerme mejor. Empecé a los 11 años, rellenando las páginas de un inocente diario que me regalaron por mi Primera Comunión. Y ya no pude parar de escribir.

Esto me recuerda un chiste que me contó nada menos que mi padre, que me veía ahí venga a escribir y a escribir en mi cuarto y siempre me decía que hiciera el favor de esconderlo bien porque él era muy respetuoso, pero en un momento dado podía sucumbir a la terrible tentación. (Cuántas veces nos hemos visto tentados a leer algo íntimo de otra persona...Pues os diré que vale más que no. Que feliz aquel que vive en la ignorancia y que la curiosidad mató al gato de un infarto de las cosas que se enteró)

Estaban dos amigas de verano hablando a la orilla del mar. Una era más bien macarrilla y la otra tirando a muy pija. Pero se entendían muy bien. En medio de una de sus conversaciones de adolescentes la más macarra le pregunta a la otra, 

-oye, ¿tu cómo sabes si estás enamorada de un chico?.
-Yo porque cuando llego a casa después de estar con él abro mi diario y escribo páginas y páginas sin poder parar de describir todos sus encantos-, responde la pija. ¿Y tu?, continúa interrogando curiosa.
-Yo es que no escribo diario. Tiro las bragas al techo y si se quedan pegadas es que estoy perdidamente enamorada-.

Yo no sé porqué demonios sufro esta necesidad de describir lo que siento. Pero al final me ayuda a comprender mejor la vida. No en el momento, ni mucho menos, pero sí al cabo de un tiempo. Es como si las palabras germinaran como semillas permitiendo que con el paso del tiempo broten pensamientos sosegados.
Me pasa lo mismo con la lectura.

Hace poco leía que cuando no buscas explicaciones es cuando todo se aclara, pero creo que eso tiene más que ver con el hecho de que el tiempo acaba poniendo las cosas en su sitio. Hacerse preguntas no puede ser malo.

Pero también es cierto que al final las cosas se aclaran desde el sentimiento. Y la verdad se encuentra siempre en los hechos, no en las palabras.

Al final es cuestión de encontrar un equilibrio, como siempre. Una alternancia entre la acción y la reflexión. Un término medio entre Otelo y Hamlet.



Manolo García dice que es mejor sentir. Yo estoy de acuerdo. 


Así que chicas, si de verdad queréis saber si estáis enamoradas, dejad de escribir y lanzad las bragas al techo.










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