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| efecto mariposa |
Ayer volvía felizmente a casa después de haber estado patinando con los niños, cuando ocurrió un imponderable que me dejó encerrada una hora en la cocina.
El concepto de imponderable lo aprendí de un ilustre profesor de producción audiovisual con el que tuve el placer de iniciarme en el mundo de la enseñanza en el CIDISI. Suso (así se llamaba) les explicaba a sus alumnos que había una diferencia muy importante entre los imprevistos y los imponderables y que, a la hora de desarrollar los proyectos audiovisuales, un buen productor jamás podía encontrarse con los primeros, pues debía ser capaz de preverlo todo.
Ayer a las 19:15 yo no podía prever de ninguna manera que, mientras colocaba la bolsa de la compra en la nevera, mi hijo Alejandro iba a abrir la puerta de la terraza de la cocina al mismo tiempo que mi hija Alicia decidía saludar a una amiga de la urbanización que en ese momento pasaba al lado de la ventana de su cuarto.
Menos aún podía prever que en ese preciso instante soplaría una corriente de un grado tan intenso como para conseguir cerrar la puerta de la cocina con tal intensidad que el mecanismo del picaporte se partiera quedando éste suelto y enganchado al marco como si de un cerrojo se tratase. Mientras pensaba cómo solucionar el problema se me vino a la mente la Teoría del Caos.
Fue precisamente el protagonista de mi blog de ayer, Fernando Rubio, el primero que me habló de ella. Recuerdo una época en la que le dió por jugar a las predicciones meteorológicas. En aquel tiempo los pronósticos no eran tan precisos, aunque en Asturias nunca fue difícil acertar. No había más que meter algo de lluvia...
Comentando la dificultad que tenían este tipo de predicciones me explicó el fascinante Efecto Mariposa (cómo no iba a estar enamorada de él). Esta inquietante reflexión se la debemos a un metereólogo, el estadounidense Edward Lorenz, quien al suprimir unos decimales en los datos introducidos en su precario ordenador de la época (años 60), se dió cuenta de lo mucho que variaban los resultados finales. La famosa metáfora es que un doble aleteo de una mariposa en Hong Kong puede provocar un huracán en Texas.
Lamento anunciar a los que aún no os habíais dado cuenta que vivimos en el caos, aunque la buena noticia es que el caos puede molar que te cagas (CMQTC)
Uno de pocos héroes de ficción que nunca ha logrado despertar mi simpatía es Spiderman. Y una secuencia (que creo que sale en la 2) me dio el porqué. El malo provoca un incendio y se queda dentro disfradazo de viejecita que pide auxilio. Cuando llega el hombre araña a salvarla se desenmascara burlonamente señalando: "Spiderman, eres penosamente predecible".
Si todo se pudiera predecir la vida sería penosamente aburrida.
Cuanto más complejo es nuestro esquema de vida más factores debemos tener en cuenta, y más impredecible resulta todo. Pero eso puede resultar precisamente más estimulante y enriquecedor.
Volviendo a mi imponderable situación de ayer, al margen de tener que cambiar toda la cerradura de la puerta, acabó siendo una situación divertida y estimulante.
Mi hijo y yo nos quedamos atrapados dentro de la cocina. Mi hija, aún con los patines puestos, se quedó al otro lado. Al principio se asustaron mucho, sobre todo Alicia, al comprobar que una puerta cerrada la dejaba aislada de nosotros. Pero es una chica lista y pronto se dio cuenta de que los que estábamos encerrados éramos nosotros, así que no sólo se calmó, sino que trató de tranquilizarnos anunciando que iría a pedir ayuda.
Yo la detuve, esperando a ver si podía desatascar la puerta sola. Afortunadamente tenía el móvil y la caja de herramientas encerrados conmigo. Mi hijo observaba atentamente tratando de ayudar en lo que buenamente podía pero sin molestar.
De pronto apareció al otro lado de la puerta una vecina de la edad de mi hijo (la misma a la que mi hija había decicido saludar abriendo la ventana unos minutos atrás provocando la aciaga corriente). Muy dispuesta agarró el pomo tan decidida a abrir que me dejó patidifusa con su enorme tolerancia a la frustración. Era evidente que dábamos sensación de calma porque entonces le preguntó a mi hijo.
- Para cuando salgas ¿qué prefieres, patinar o jugar al fútbol? Para ir preparando las cosas.
- Mejor al fútbol, contestó él tranquilo.
Y de pronto sentí esa sensación que debe llegar a sentir uno cuando lo extraordinario dura lo suficiente como para adquirir ciertos tintes de cotidianidad. Como lo que debe de sentir un preso en la cárcel, o un secuestrado. Esa sensación en la que te tienes que parar a constatar que lo que estás viviendo no es lo normal.
Yo seguía investigando por internet y dándole al destornillador y las tarjetas de puntos (cuya verdadera utilidad acababa de descubrir) cuando mi hijo consiguió por fin preocuparme anunciando que se hacía caca.
- Aguanta un poco a ver si no tenemos que cargarnos la puerta, hijo.
Entonces apareció la madre de la niña oportuna, muy maja. Entre ella y la urgencia de mi hijo, me hicieron claudicar de mi autosuficiencia evidenciando que lo mejor era pedir ayuda a Felipe, nuestro maravilloso portero.
Efectivamente, consiguió abrir la puerta sin destrozarla por completo. Le di las gracias y cuando corrí a tranquilizar a mi hija descubrí que ya no estaba. Se había bajado a jugar sola al patio de la urbanización.
Mi hijo hizo lo mismo, previo paso por el cuarto de baño.
Mientras recogía los restos del Caos reflexionaba sobre lo bien preparados que están mis hijos para gestionar este tipo de imponderables.
Como la vida misma. Uno se cree que lo va teniendo todo bajo control, pero al final las decisiones se toman por causas de fuerza mayor. Y todo responde a un cúmulo de factores tan complejo que es absolutamente imponderable.
Pero siempre podemos mantener la calma y normalizar las situaciones más absurdas. Incluso creer que las cosas son así porque así lo hemos decidido nosotros.
Como en Bélgica...








