martes, 28 de abril de 2015

SI LO FUERZAS, SE ROMPE



Hace un par de años apunté a mis hijos a las clases de patinaje del Ayuntamiento de Las Rozas. Aguantaron un semestre y medio y porque yo me empeñé bastante. Pero llegó un momento en el que decidí que era mejor no forzar. No quería que cogieran rechazo a esta divertida actividad.

Luego alguna vez surgió el plan de ir a patinar con su prima de Asturias o puntualmente con algún amigo que llevaba patines en la urbanización. (Los niños, como los adultos, se mueven mucho por imitación). Pero sin mucho interés.

Hace un par de semanas, mi hijo me pidió las llaves del trastero para coger la bici. Diez minutos después apareció con su hermana en la puerta, con los patines y las protecciones puestas, pidiendome que saliera a rodar con ellos. Desde entonces estamos yendo bastante, con lo que me he dado cuenta de que en esta vida hay que presionar lo justo.

Me alegro de haberles apretado un poco hace unos años. Si tuviera que empezar ahora de cero me deslomaría seguro. Pero también estuvo acertado lo de no forzar. Llegado su momento ellos mismos lo han pedido.

Ayer incluso mi hijo, al ver a los niños de su edad entrenando hockey, me rogó que le apuntara de nuevo. Ahí aproveché para venderme un poco y recordarles todo lo que había tenido que sufrir para iniciarles en el patinaje. En esta vida hay que venderse. Mi madrina, que nos cuidó más que nadie de pequeñitos, lo hacía mucho y con toda la razón...

- Madre...! Todo lo que hice yo por estos críos...!

Ellos lo recordaban y lo reconocieron con una sonrisa cómplice, como hacía yo cuando escuchaba decir esto a mi madrina.

No hay que cansarse de sembrar nunca, pero tampoco hay que tener prisa por recoger los frutos, ni ahogar a la planta regándola para que brote antes. Mi sabio padre, al que hace mucho que no menciono porque me da mucha envidia ahora mismo navegando bajo el sol de Grecia, me dijo que los niños siempre devolvían lo que les dabas por dos. Es absolutamente cierto.

Ayer, embargada por la emoción de la recogida de mis frutos patinartísticos, me puse a demostrarles lo bien que me salía aún la patada a la luna. Pero lo que acabaron viendo fue la amortiguación de muñecas para evitar dolorosa caída de culo. Me quedé unos instantes tirada en el suelo. Uno nota que se hace mayor cuando comprueba que cada vez tarda más en levantarse de las caídas. Pero siempre conservando la risa, sobre todo, para cambiar la cara de preocupación de mis hijos cada vez que sufro un accidentre de estos de exceso de jovialidad.
Casí lloro de emoción cuando mi hijo, al ver que me resentía de las muñecas, se apresuró a quitarse y ofrecerme sus protecciones. Tuve que rechazarlas unas cinco veces. ¡Qué pedazo de paisano!

Eso sí. Las próximas veces me las pongo. ¡Vaya que si me las pongo!

Volviendo al tema de forzar, quería apuntar aquí una divertida anécdota del padre, bastante bruto, de una amiga mía. Acababan de regresar de unas largas vacaciones de esas de 8 horas de viaje sin aire acondicionado y sin DVD en el coche. Se encontraban delante de la puerta rodeados de maletas y bolsas con restos de comida cuando se inició la clásica discusión de a ver quién tiene las llaves. Sin llegar acordar quién era el culpable de su desaparición decidieron que lo que había que resolver era cómo entrar. Antes de que la madre de mi amiga acabara la frase de "llamar al cerrajero", su padre había derribado la puerta de una liberadora patada.

-Venga. Para dentro todas, anunció orgullosamente resolutivo.

Sólo le faltó decir "en Bélgica lo hacen así".

Adele - Rolling in the Deep

(Esta va dedicada a Macarena, una gran patinadora.)




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