Hoy hemos intentado ir a una carrera de caballos en la Playa de Ribadesella. Pero o ellos fueron muy rápidos, o nosotras muy lentas, y sólo pudimos ver cómo los guardaban una vez cumplida su noble gesta. De nuevo volví a coincidir con mi ya amigo veterinario. Yo pensaba que su única misión era asistir a los animales heridos, pero, por lo que me contó, su mayor responsabilidad era dictaminar quién podía participar en el campeonato y quién no.
Por lo visto algunos propietarios se empeñan en que sus caballos compitan aunque estén lesionados. Ya sé que eso pasa un poco en todos los deportes, pero los caballos no tienen ni cuenta bancaria, ni posibilidad de manifestar su arriesgada decisión.
Aún así, la figura de mi amigo está más bien para evitar accidentes mayores que para proteger al noble animal. Algo es algo.
El caso es que hoy precisamente pensaba escribir sobre el maltrato de animales. El maltrato siempre es de animales. Unas veces el animal es la víctima, otras el maltratador.
Ayer estaba escribiendo el blog en la galería cuando oí un pequeño estruendo en las escaleras. Esperé el tiempo prudencial para tratar de averiguar acústicamente las consecuencias de aquel impacto y ante el prolongado silencio me levanté a ver qué era.
Me encontré a la amiga de mi hija contemplando desde la barandilla cómo había volcado el enorme macetero al pie de las escaleras, mientras mi pequeña huía hacia la puerta de salida de casa.
-¿Qué ha pasado?-, interrogué a la testigo frente a la escena del crimen.
-Que Alicia ha tirado a Mistris (la gata) por las escaleras-, delató la buena amiga, espero que más sin pensarlo que sin dudarlo.
Recogí el desaguisado, que afortunadamente no era mucho gracias a la horrible planta de plástico que albergaba un monstruoso macetero que aún no me explico cómo había logrado sobrevivir tanto tiempo en ese sitio por el mero hecho de pasar desapercibido.
Es cierto que a veces la dimensión no tiene por qué ser inversamente proporcional a la discreción. A lo mejor incluso los objetos se apoderan de los espacios en progresión geométrica en función de sus dimensiones. Por eso acabamos acostumbrándonos a esos horribles edificios gigantes que de pronto apisonan nuestras ciudades.
Pero me estoy desviando del tema.
Enganché a mi hija, la castigué sin volver a tocar a la gata el resto del día y la encerré en su cuarto a meditar sobre el maltrato de animales.
A la hora de la cena la sometí a un tercer grado.
-¿Por qué lo hiciste?-.
-Porque me lo dijo X (su amiga)-, contestó muy seria.
-¿Y por qué no le dijiste a X que era tu gata y tu no ibas a hacer daño a tu gata?-, continué.
-Porque me dijo que si no me pegaba-, respondió rápida y veraz.
-¿Alguna vez te ha pegado X?-, continué.
-Si. Ayer mismo. Ayer me pegó-, respondió tan absolutamente convencida, que si no fuera porque las conozco perfectamente a las dos, habría llegado a creerla.
Ahí ya me reí y ella se contagió echando por tierra toda su maravillosa interpretación.
Aproveché de nuevo para aleccionarles sobre el maltrato de animales y seres indefensos en general. Les expliqué que, más allá del propio daño que podía ocasionar la acción puntual, estaba el trauma que podían generar en ese ser.
-Imaginaos que yo de repente os cogiera y os maltratara de manera inmerecida. Así sin avisar-, razoné.
-¿Como castigarnos sin haber hecho nada malo?-, entendió mi hijo.
-Si. Eso. Justo-.
Y de pronto me vi dando con la clave del maltrato. El buen maltratador tiene que ser un manipulador nato. Un ser frío y calculador. Capaz de hacerle creer a su víctima que no se merece otro trato mejor. De esta manera se establece una relación completamente insana e insufrible, pero que puede ser eterna.
Todos nos merecemos que nos traten bien. Lo malo es que entre adultos no hay un árbitro que establezca los límites para poder jugar de manera sana.
Lo bueno es que sí podemos manifestar nuestra sana decisión. Sólo hay que aprender a quererse a uno mismo. Y alzar el vuelo sin miedo.
Desde mi libertad, de Ana Belén.
Tengo que agradecer a mi hermano y otra persona (que no quiere que hable de ella porque es muy famosa) que se hayan ocupado de darles la cena a mis hijos mientras yo escribo el blog.
Eso es tratar bien. Y yo a cambio friego, friego.
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