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| Es siempre más feliz quien más amó |
¡Caca de vida!
La cochina realidad está llena de cosas horribles como tener que pagar un IBI que cada año sube más, aguantar un atasco cuando llegas tarde al trabajo, darte cuenta a las once de la noche de que aún no has tendido la colada, o comprobar que se te ha pasado el plazo para inscribir a los niños en el sorteo de los campamentos de verano del Ayuntamiento.
Estos tragos se sobrellevan sin pena ni gloria. En estos casos uno simpre piensa. "Hay cosas peores". Pero ¿qué pasa cuando la cochina realidad nos afecta a los sentimientos y a uno no se le ocurren cosas peores? Un ejemplo, para que veáis a lo que me refiero es lo que me pasó una vez hace muchos años, cuando era joven y virgen.
Mi querida amiga Bárbara me había invitado a pasar unos días en la playa, en un bonito apartamento que alquilaban sus padres todos los veranos en el sur. Fueron tiempos muy felices. Hacíamos mucho deporte, playa, piscina y alguna que otra copita por la noche. Su padre se había eregido como nuestro profesor de tenis y sufrilizmente nos llevaba todos los días a practicar a la pista del pueblo, aunque sólo quedara cancha libre a las 15.00 de la testera.
Un día volvíamos de la playa para comer la ensaladita de rigor cuando nos encontramos un olor a drama nada más llegar a la puerta abierta del apartamento.
Antes de que acabáramos de cruzar nuestras miradas de suspicacia aparecieron los padres de mi amiga a explicar la situación tratando inútilmente de normalizarla.
-Niñas. Tranquilas. Ha entrado un ladrón en casa, pero ya no está. Ha forzado la cerradura. Mirad a ver si os falta algo.
Pasamos a nuestra habitación casi sin pensar a comprobar si se habían llevado alguna de nuestras posesiones. Yo no había dejado nada de valor, pero mi amiga sí pudo anunciar sin poder contener unas lágrimas de rabia que le habían robado una medalla de oro a la que tenía enorme cariño.
Por lo visto los ladrones habían visto cómo los padres de mi amiga sacaban del cajero el dinero del alquiler del apartamento. Les habían seguido hasta la entrada y luego habían esperado a que se quedara vacío. Menos mal que la madre de mi amiga, muy intuitiva, había escondido el sobre con los billetes debajo de la huevera de la nevera. Jamás lo encontraron. (Ya sabéis un buen escondite, si es que este blog no lo leen los ladrones de apartamentos de verano)
A pesar de que a mi no me quitaron nada especial sí pude sentir la rabia del ultraje. Se notaba el espacio distinto. Profanado.
No sé si alguna vez os han robado. A mi posteriormente me robaron mas cosas, entre ellas, alguna que otra vez, el corazón. Y puedo garantizar que siempre me ha dolido más el sentimiento de profanación que el sentimiento de pérdida del objeto.
La madre de un antiguo novio mío me contó entre risas que, una vez al hacer caja en la tienda había guardado un millón de las antiguas pesetas en una bolsa de plástico. Por el clásico motivo de demasiadas cosas en la cabeza, la valiosa bolsa acabó en el cubo de la basura. Cuando se dió cuenta partió con su marido al depósito de residuos de la ciudad donde pudieron comprobar que, efectivamente, el dinero había acabado allí triturado en pedacitos. Todo un acto de heroísmo para contener la inflación.
Esta buena mujer, andaluza para más señas, a quien recuerdo con muchísimo cariño (claro que nunca llegó a ser mi suegra) se lo tomaba con una gran sabiduría manifestando que si lo perdió sería porque le sobraba.
Ahora pienso que si se lo hubieran robado probablemente no se lo habría tomado así.
A lo mejor cuando tratamos de querer a alguien deberíamos exponer nuestro amor así, como si nos sobrara. De esa manera, aunque nos encontremos luego con el corazón triturado siempre podremos recomponerlo con las risas de la deportividad.
Al fin y al cabo, como dice la canción, siempre es más feliz quien más amó.

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