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| Candy, Candy |
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| Estás más guapa cuando ríes que cuando lloras... |
En cuanto hice la Primera Comunión dejé de creer en Dios. A lo mejor fue por eso de que una vez que lo tienes ya no lo quieres. Lo cierto es que nunca llegué a comulgar con verdadero sentimiento.
Recuerdo perfectamente cómo mi hermano, siempre mucho más esforzado en la fe que yo, trataba de convencerme de ir a misa el domingo y cumplir con mi deber de cristiana. Quizás podría haberle acompañado en alguna ocasión por simple aburrimiento, pero aparte de que yo siempre he sido muy imaginativa, a esa hora ponían Candy, Candy en le tele.
Candy, Candy sí que me marcó. Sin duda no sería quien soy si no me hubiera tragado todos y cada uno de los capítulos, completado la colección de cromos y devorado los cómics. Algún día hablaré de esta serie.
Nunca me creí nada de lo que me contaban en la catequesis. Pero especialmente me dejó muy descolocada lo de la Santísima Trinidad. Eso de Padre, Hijo y Espíritu Santo a la vez se escapaba de todo entendimiento.
Ya se sabe que es tan difícil hacer creer en la fe a los que piden hechos como hacer creer en los hechos a los que profesan la fe.
Y de pronto, hoy, Jueves Santo, he sentido la epifanía. Estaba tumbada en la huerta, tomando el sol relajadamente como solía hacer mi madre en el merecido descanso de después de comer, y observando a mis hijos que jugaban con unos amiguitos veraneantes de una casa aquí al lado. Y por unos instantes no sabía si era yo, mi madre o mi hija. De verdad que ha sido precioso. Sentí una absoluta comprensión de las tres al mismo tiempo.
Imagino que mi madre en esta percepción religiosa vendría a ser el Espíritu Santo. Desde luego Santa sí que era. Así la llamaba mi padre cuando la usaba como excusa para librarse de algún compromiso social. “No me deja mi Santa”, decía. Y mi madre protestaba de fondo. “Menudo morro tienes. Si siempre haces lo que te da la gana”.
No era muy sociable, mi madre. Yo siempre lo he sido mucho más, pero últimamente es como si parte de su esencia se hubiera quedado en mi y me siento mucho más ella.
Siempre decía que estar con gente le resultaba agotador. Yo creo que era una mujer de alma profunda y le costaba entrar en el chiste fácil.
Ayer hablé con una vecina del pueblo a la que quiero mucho. Ella también le tenía mucho cariño a mi madre. Es muy fuerte lo que puede llegar a unir una ausencia compartida. Es una de las pocas personas que cuando vino a darme el pésame tuvo que girarse para ahogar una lágrima que no pudo esconder.
De ahí también vendrá el rollo de la OuiJa.
Estuvimos hablando de ella y de lo mucho que tenían en común (eran de la quinta). Esta mujer también es trabajadora y familiar. Me preguntó por mi padre. Le comenté que estaba por ahí de pirata viviendo la vida. Hablamos de que hay que aprovechar y disfrutar al máximo. En estas se apoyó sobre la escoba con la que estaba limpiando a fondo la terraza y me dijo llena de paz y alegría, -yo, la verdad, es que disfruto así. No me hace falta salir del pueblo-.
Para acabar de convencerme soltó un refrán de esos de pueblo que yo nunca había oído. Por lo visto ya lo decía su abuela: “Poco y en paz ya se me hace una hartá”.
Yo siempre he dicho que existe aquello en lo que creemos. Ahora he conseguido llegar más allá y darme cuenta de que creemos aquello que sentimos.
Para despedirme hoy os voy a dejar una canción que siento que es la mejor declaración de amor que podría hacerse a una mujer.
Si te vas, de Extremoduro.
Si, si, de Extremoduro.


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