| Surfeando con traje |
Hoy me he enterado de que han confeccionado trajes de neopreno literalmente, como los de los yuppies de toda la vida.
Al principio me pareció lo peor. Los trajes de chaqueta y corbata no dejan de ser un paradigma más de la opresión del capitalismo. El hecho de mancillar mi deporte preferido con semejante profanación me empapó de indignación.
Pero como estoy alcanzando la sabiduría, en seguida lo vi desde un punto de vista positivo y pensé que si en el mundo de los negocios se empezara a hablar menos de golf y de fútbol y se pusiera de moda el surf seguro que la sociedad mejoraba mucho. Porque el surf encierra toda una filosofía de vida.
Tengo un amigo directivo muy inteligente que me dice que hay que estar siempre encima de la ola. Pero yo no lo veo así. Es todo un proceso mucho más complejo y lleno de matices. El surf va desde el momento en el que miras el parte de las olas y las visualizas, hasta que te metes en la cama por la noche y al cambiar de posición se te cae un resto de ola pedida por la nariz. ¡Cómo echo de menos mi tabla!
Esa sensación de llegar al mar, mirarlo con respeto a ver de qué humor está hoy para su abordaje y mentalizarte de que vas a por todas, es lo más. Hace unos posts hablaba del aburrimiento de las situaciones penosamente predecibles. El surf es todo lo contrario. Tienes que estar ahí eyes wide open o te comes la arena.
Amar un deporte es como amar a una persona. El momento de gloria es casi lo de menos. Lo que importa es todo lo que lo rodea.
Si te gusta la escalada o la vela te tiene que gustar hacer nudos y plegar cuerdas, entre otras cosas.
Si te gusta el surf te tiene que gustar el mar, las corrientes, golpearte con la tabla, clavarte la quilla, quemarte los pies con la arena o pinchártelos con las rocas. Te tiene que gustar el olor de la parafina y del salitre. Te tiene que gustar aguantar la respiración debajo del agua, pasarte horas a remojo y llevarte un kilo de arena a casa. Te tiene que gustar el acojono que sientes cuando te levanta una ola que hace que veas la orilla cada vez más pequeñita al tiempo que pisas la tabla rezando para que no se escape de tus pies. Y te tiene que gustar ser engullido por litros de agua en una serie de centrifugados que te harán desafiar los límites de tu capacidad pulmonar.
Si te gusta todo ésto igual un día consigues meterte en un tubo y flipar en colores deslizándote bajo el mar protector.
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