Me vais a perdonar los hombres seguidores de este blog, pero, desde que mi hermano me regaló el libro de "El Gen egoísta", no puedo visualizarlo de otra manera que no sea empotrado en el cromosoma Y.
Fue lo primero que pensé y juro que cada día me esfuerzo por rebatirlo, pero por desgracia, no dejo de constatar que las mujeres somos infinitamente más altruístas que los hombres.
El capítulo IX se titula la batalla de los sexos. A lo mejor cuando lo lea aclaro el porqué de esta sensación. De momento he decidido ir por órden.
Me parece tan fascinante este tema que no voy a esperar a terminar el libro para daros la chapa, sino que voy a ir dedicando un post por capítulo.
El primero se titula nada más y nada menos que ¿por qué existimos?. Parte de la asunción de la teoría darwinista de la evolución de la especie. Esa que postula que sólo los más fuertes sobreviven. Esto nos lleva a concluir que si existimos es porque el gen egoísta (ese del muérete tu que ya me salvo yo) es el que ha prevalecido. El autor aclara bien que su propósito no es defender esta teoría, que, por mucho que deploremos no deja de ser verdad. Su cometido es más bien advertir de que, si deseamos construir una sociedad en la cual los individuos cooperen generosamente y con altruismo al bien común, no podemos esperar gran ayuda por parte de nuestra naturaleza biológica.
Leyendo esto recordé una historia verídica que en su día había escuchado por la radio.
La noche del 14 de abril de 1912, en medio del hundimiento del Titánic, emergió la caballerosidad de Manuel R. Uruchurtu. El pasajero mexicano, que por viajar en primera clase tenía prioridad para ocupar un asiento en uno de los pocos botes salvavidas, decidió cedérselo (ignorando por completo a su gen egoísta) a una mujer con un niño en brazos.
Este noble acto se vio reflejado en un libro titulado "El Caballero del Titánic", de la escritora Guadalupe Loaeza. Pero lejos de lograr probar la veracidad de estos hechos, la autora acabó constatando, una vez publicada la novela, que en la biografía de la mujer a quien supuestamente había cedido el asiento, no se hablaba en absoluto del héroe que supuestamente le salvara la vida.
En la siguiente edición tuvo que añadir un prólogo en el que se especifica que realmente era una leyenda de la familia Uruchurto.
Resultado: Darwin 1- Gen Altruísta 0.
Ahora bien, si superamos la individualidad del ser humano y lo englobamos en su especie, el grupo puede tener más probabilidades de sobrevivir con un comportamiento altruísta.
Reconozco que el bog de hoy tiene tela. Menos mal que en medio de esta escritura me ha llamado mi amiga Camino para debatir entre risas de qué nos disfrazamos en una interesante fiesta de 40 cumpleaños que tenemos el 6 de junio en Tánger.
Para acabar otra vez de manera intensa ahí va un famoso poema y sermón sobre las consecuencias del silencio cómplice del nazismo.
Martin Niemöller
Pastor luterano alemán (1892-1984)
Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie para defenderme.
Este poema ha sido atribuido erróneamente al dramaturgo Bertold Brecht. Pero su autor fue el pastor protestante Martin Niemöller quien, tras esa ceguera inicial que llevó al nazismo a ganar democráticamente las elecciones, en seguida se dio cuenta del craso error.
En mayo de 1934 estuvo entre los fundadores de la Iglesia Confesante –Beken-nend Kirche– junto con Dietrich Bonhöffer y Karl Barth. Cuando Bonhöeffer exhortó a los cristianos a defender a los judíos frente a la persecución nazi, Niemöller le contestó desde el gen egoísta que la iglesia tenía que preocuparse de su propia seguridad antes de alzar la voz por otros.
Pero acabó pudiéndole su altruísmo, lo que le costó una órden de arresto del mismísimo Hítler. El 1º de julio de 1937 se le acabó la libertad. A partir de entonces, pasó ocho años en cárceles y campos de concentración nazis, con cuatro años de aislamiento, hasta que las tropas aliadas lo liberaron en 1945.
Unas semanas antes habían ahorcado con cuerdas de piano a Dietrich Bonhöeffer.
En enero de 1946, los representantes de la Iglesia Confesante se reunieron en Frankfort para debatir su actitud en los tiempos de la dictadura. Niemöller subió al púlpito para pronunciar un sermón que después repetiría muchas veces. Se titulaba,
¿Qué hubiera dicho Jesucristo?
Sí, Hitler atacó a los comunistas, pero ¿no eran ateos y revolucionarios?
Y sí, aniquiló a los incapacitados y los enfermos, pero ¿no eran una carga para la sociedad?
Y, claro, exterminar a los judíos era deplorable, pero los judíos no son cristianos, ¿verdad?
Y lo de los países ocupados era una lástima, pero por lo menos eso no ocurrió en Alemania ¿no es cierto?
Ninguna excusa justificaba todo eso.
Ninguna excusa justificaba todo eso.
No podemos negar la necesidad de expiación con la excusa de que “me habrían matado si hubiera hecho algo”. Preferíamos mantener silencio. Está absolutamente claro que no somos inocentes y me pregunto una y otra vez: ¿qué habría pasado si en el año 1933 ó 1934, 14.000 pastores protestantes y todas las comunidades protestantes de Alemania hubieran defendido la verdad hasta la muerte? Si hubiéramos dicho: “No es correcto que Hermann Göring simplemente meta en campos de concentración a 100.000 comunistas para que mueran”. Puedo imaginar que tal vez 30.000 ó 40.000 cristianos protestantes habrían muerto, pero también puedo imaginar que
habríamos salvado a 30 ó 40 millones de personas, porque eso es lo que el silencio
nos costó.
A lo mejor el Titánic se hundió por culpa de un gen egoísta.
A lo mejor el día en el que este gen se desintegre en un eslabón perdido, el ser humano da otro paso de gigante en su evolución.
Habrá que seguir leyendo... y escribiendo...
Pero el gen romántico que no mute nunca, por favor.

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