| ALI MUY ENFADADA |
Cuando era niña me llamaban mucho la atención los enfados de mi prima pequeña. Tendríamos 7 y 9 años pero lo recuerdo perfectamente. Estábamos jugando tan tranquilas y de pronto, no sé cómo, acababa metida debajo de la cama sin querer salir y sin hablarme. Yo le perdía perdón por todo y por nada. Al final era cuestión de tiempo que acabara saliendo y volviéramos a jugar como si tal cosa.
Una vez, siendo un pelín más mayores, paseábamos por el Parque San Francisco, en Oviedo y se encerró en si misma de nuevo, sin motivo. Maliciosamente le dije que no había problema, que si estaba enfadada mejor nos separábamos ya mismo y ya nos veíamos en casa. Ella, que nunca tuvo un pelo de tonta, me miró con una cara muy divertida al incorporar a calzador una suplicante sonrisa en su rostro enfurruñado. No era de mi ciudad y no sabía volver sola. Además era demasiado tímida para atreverse a pedir ayuda. Así que no le quedó otro remedio que amigarse y aguantar mis aleccionadoras observaciones sobre sus abruptos enfados.
Mi madre, siempre sensible con el verdadero sufrimiento de las personas, aprendió a llevarla muy bien. Matizo lo de verdadero sufrimiento porque hay muchas personas expertas en fingirlo. Yo me he dado cuenta de que el verdadero sufrimiento no se puede expresar. Esa es la putada. Uno no puede ir por ahí sufriendo por fuera. Se sufre por dentro. Mi madre manejaba muy bien a su sobrina y ahijada porque siempre le quitaba hierro a la angustia de sus enfados.
Parece que estoy mezclando enfado y sufrimiento, pero es que van siempre de la mano. Como decía, el sufrimiento va por dentro y es esa imposibilidad de expresarlo y ese sentimiento de falta de comprensión lo que te lleva a enfadarte. Cuando te enfadas te encierras y sufres más. Entras en una espiral muy difícil de romper.
Estos sufridos enfados internos suelen darse más en el género masculino. A mi algún hombre me ha llegado a reconocer que cuando su mujer le preguntaba, después de tres días enfadado, que qué le pasaba, no sabía responderle porque ¡¡¡se le había llegado a olvidar el motivo del enfado!!!
Tengo que agradecer a mis padres que me enseñaran muy bien que la mejor manera de manejar estos sentimientos es expresarlos.
El otro día, comiendo con otras madres y niños, una pequeña de 4 años se enfadó. No le prestamos mucha atención y seguimos a lo nuestro. Pero cuando su madre le pidió que soltara el afilado cuchillo que apretaba entre las manos, no quiso. Estaba sufriendo de verdad. En silencio. Por dentro. Entonces yo le pregunté que qué le pasaba, pero ella no soltaba prenda. Recordé con esa retromemoria de la que hablé en su día, que habían estado pintando y peleándose por unos dibujos. Observé la mirada de satisfacción de una niña algo más mayor que contemplaba la escena desde esa superioridad que da tener más información de la cosa que el resto. La interrogué cual agente pacificadora y acabó declarando que, efectivamente, le había hecho un dibujo pero en el último momento no había querido dárselo. Sólo cuando la niña mayor cantó, la pequeña empezó a derramar unas lágrimas. Lágrimas de alivio al sentirse por fin comprendida. Y entonces soltó el cuchillo.
¡Cuánto sufrimiento nos ahorraríamos si fuéramos capaces de expresar, verdaderamente, lo que sentimos!
El poder de la palabra es infinito. La palabra es la única vía de escape para el sufrimiento del alma. Cito aquí un poema de Blas de Otero que solía recitarnos el Padre Dictino, nuestro profesor de literatura en 2º de BUP.
EN EL PRINCIPIO
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
Yo me he dado cuenta de que este último año he estado muy enfadada. Este blog me ha ayudado mucho a entenderme conmigo misma. Este blog y todas las personas que se han comunicado conmigo de verdad, haciéndome partícipe de sus más sinceros sentimientos y quitando hierro a la angustia de mis enfados.
Gracias a todos por conseguir que por fin lograra soltar el cuchillo.
Una muy especial versión del Give Peace a Chance, de Sean Lennon.
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