Misitris entró en nuestra familia al poco de irse mi ex. En este tiempo he comprobado que, sin poder reemplazar la figura de un marido, en ciertos aspectos su compañia es mucho más gratificante.
Hasta la última noche que compartí cama con mi ex, le daba los buenos días al despertar y le preguntaba que qué tal había dormido. Me parecen normas básicas de educación y convivencia. Igual que desear las buenas noches al apagar la luz. Cuando se pierden esas costumbres es el principio del fin.
Una vez, al hilo de una noticia de esos pirados asesinos en serie, mi padre hizo un interesante reflexión: "Si es que, empiezas por matar gente y acabas no saludando a los vecinos".
Puede sonar un poco macabro, pero es cierto que el principio de una relación es la consideración y el final es el desdén.
Si te levantas de la cama, te tiras un pedo y te vas al baño, lo puedes hacer tan agusto si vives sólo. Pero si has dejado a tu pareja acabando de despertarse con el fétido olor a modo de barrita NH3, no esperes que luego te prepare zumo de naranja y tostadas para desayunar.
Tengo que matizar que mi ex jamás se ha tirado un pedo encima de mis narices.
Tengo que matizar que mi ex jamás se ha tirado un pedo encima de mis narices.
Digo esto porque mi gata me despierta con un cálido ronroneo todas las mañanas. Y no es porque quiera su desayuno, como pensaba yo al principio. Es porque le gusta sentir mi contacto y me lo demuestra.
Siempre me han gustado los gatos porque me resultan animales terriblemente considerados. Los gatos perciben perfectamente si te apetece más o menos compañía y lo respetan.
Pero es que encima yo, con mi gata no sé cómo, he logrado comunicarme de una manera asombrosa. Cuando quiere salir a la calle se pone en la ventana y me lo pide. A veces ha estado por ahí de juerga hasta un par de días, pero siempre vuelve. (Dónde va a ir que más valga)
Un día estaba en casa y oí un maullido. Me fui a la ventana a ver si era ella que quería entrar ya, pero no estaba. Yo seguía oyendo el maullido. Traté de indagar el orígen de las ondas de sonido y me llevaron a abrir la puerta de casa. Y allí estaba ella, con cara de ya te vale. Que llevo diez minutos llamando.
Entró como un hijo adolescente, consciente de que se había pasado de la raya, pero sabiendo que había la suficiente confianza como para dedicarse a recuperarse de su juerga sin darme muchas más explicaciones. Hizo cacas. Bebió agüita. Comió un poco, y se tumbó a vegetar el día entero. De milagro que no me pide el Alka-Seltzer.
El otro día, mi amigo Luis, el veterinario, posteaba que si querías que tu hijo no cayera en las drogas, lo mejor era regalarle un caballo, porque no tendría dinero para nada más.
Al margen de la coña, que es real, me parece importante que los niños crezcan manteniendo contacto con los animales porque eso estimula los nobles sentimientos.
Mi hija todavía está en la etapa maltratadora con la pobre Mistris. A cambio se está ganando sus buenos arañazos y va aprendiendo cómo hay que tratar a los seres vivos si quieres que busquen tu compañía y no que huyan.
Me enorgullece comprobar que mi hijo ya ha aprendido perfectamente a considerar la libertad de un ser vivo. Lejos de aprovechar su superioridad para agobiarla, la cuida con instinto protector. Ella, a cambio, a veces le busca y se tumba sobre él en el sofá. Y su hermana va tomando buena nota.
El otro día vi una película francesa muy bonita, Samba. Os la recomiendo, aunque no tengo tiempo para hablar de ella.
La protagonista estaba viviendo una excedencia laboral por un agudo episodio de estrés laboral con agresión a compañero incluida. La terapia que mejor le resultaba era acariciar caballos.
Creo que uno de los motivos que hacen especiales a los animales frente al hombre es que ellos no hablan. Tampoco mienten, claro. Sólo sienten y siguen sus instintos. Y eso les hace estar mucho más sanos que nosotros. Sanos y en paz.
Aunque ¿quién sabe? A lo mejor una buena mañana Mistris se sube a mi cama y en lugar de ronronear se tira un pedo en mi nariz. Y ese día sabré que será el principio del fin.
Creo que uno de los motivos que hacen especiales a los animales frente al hombre es que ellos no hablan. Tampoco mienten, claro. Sólo sienten y siguen sus instintos. Y eso les hace estar mucho más sanos que nosotros. Sanos y en paz.
Aunque ¿quién sabe? A lo mejor una buena mañana Mistris se sube a mi cama y en lugar de ronronear se tira un pedo en mi nariz. Y ese día sabré que será el principio del fin.

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