viernes, 27 de marzo de 2015

NO HAY GEN PARA EL ESPÍRITU HUMANO

Un gran hombre demuestra su espíritu con palabras delicadas y acciones firmes.




Ayer escribía sobre el estado naciente de Alberoni como el descubrimiento de una vida superior que nos impulsaba a romper nuestras barreras establecidas. Y hablaba también del miedete que se puede sentir al pegar este salto al vacío.

Creo que es importante considerar dos aspectos muy claros a la hora de tomar la decisión de lanzarse a dicho proyecto.

En primer lugar hay que valorar bien nuestra capacidad para entregarnos a la causa sin reservas. Y para eso es importante ser consciente de dónde te estás metiendo. No puedes dejar un trabajo estable con un sueldo decente para dedicarte a tu verdadera vocación de actor si tienes 50 años y dos hijos que alimentar, más por lo segundo que por lo primero, evidentemente.

Conozco un caso real y espeluznante de una mujer que se enamoró de un hombre en un curso de autoconocimiento, se quedó embarazada de él, dejó a su marido (esto no sé muy bien en qué orden ocurrió, aunque tampoco importa demasiado) y se lanzó sin ningún paracaídas a vivir su estado naciente. Evidentemente a él le costó mucho adaptarse a vivir en otra ciudad con una mujer embarazada, desconocida (por muy bueno que hubiera sido el curso)  y con dos mellizos de tres años. Y a ella también le debió de costar renunciar a ver a sus hijos mayores el tiempo que pasaban con su padre y probablemente luego verse en una diferencia de tiempo compartido con unos y con otros. En fin todo mal. Porque, como muy bien dice Paul Bowles en Bajo el Cielo Protector, "Hay que ser realista, señora. Cuando uno deja de serlo todos salen perdiendo".      

Pero bueno. Si una vez valoradas todas las circunstancias y capacidades personales de los implicados parece que la cosa pudiera salir bien, entonces el siguiente paso es, como dice mi amiga Claudia, no retroceder ni para coger carrerilla.  Por seguir con Bowles "A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ese es el punto al que hay que llegar". 

Esto me trae a la memoria una maravillosa película de Andrew Niccol que se titula Gattaca, por los componentes del ADN, nuestra carga genética.
Se supone que estamos en un futuro de ciencia ficción donde se conciben "niños a la carta". Por cierto que cuando se estrenó la película emitieron un falso anuncio ofreciendo esta posibilidad y las llamadas colapsaron las líneas.

Aún queda una pareja romántica que se atiene a las leyes de Darwin y decide tener un hijo fruto del amor. Pero al pobre chaval nada más nacer le diagnostican un futuro lleno de enfermedades con pocas posibilidades de pasar de los 30 años. A este tipo de individuos les relegan a trabajos menores y, desde luego, les queda completamente vetada la salida al espacio. 
Entonces los padres deciden buscar consuelo encargando otro niño con más garantías de fábrica. Y así crecen los dos hermanos juntitos.

A pesar de sus diferentes potenciales genéticos, en un juego ritual llamado "el gallina" que desarrollan a lo largo de su vida en la casa de la playa, el hijo del amor siempre consigue llegar más lejos nadando. El juego consiste en que los dos se lanzan al agua y ver quién se da la vuelta antes.

Al final de la película, después de toda una serie de bellas secuencias donde el hijo del amor demuestra tener una fuerza de voluntad a prueba de todo, consigue ingeniárselas para llegar más lejos que su hermano y alcanzar su sueño de salir al espacio.

Entonces tienen una emotiva conversación:


(Anton)
"Vincent! ¿Cómo lo consigues?
¿Cómo has podido conseguirlo?"

(Vincent)
¿Quieres saber cómo lo conseguí?
Así es cómo lo conseguí:
Jamás me reservé nada para la vuelta"

No son las cartas. Sino cómo las juegas.

Simply The Best, de Tina Turner. Espíritu puro.

https://youtu.be/oT4kqYEcXkY




2 comentarios:

  1. Muy bueno. Y muy bonito. Y qué miedete!...

    Ya lo comentaremos en directo. Un besín

    PD: gran Tina

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  2. Sí... gran frase: "Jamás me reservé nada para la vuelta".

    Yo nunca la he aplicado... al menos desde que soy medianamente consciente de lo que hago (de pequeñito era un inconsciente, pero debí de encontrar la maldita sensatez en el suelo, tras alguna caída).

    Luego, las veces que he podido ponerlo en práctica, siempre me ha venido a la cabeza... ¿y cómo vas a volver? o... ¿y cómo vas a bajar de ahí? (una vez que estaba subiendo por una cuerda de esas de los parques de bomberos), y cosas por el estilo, cuyo miedo a hacerlas sólo pueden quitármelo unas pocas personas en el mundo, con unas curiosas palabras a modo de hechizo: "a qué no hay huevos"... y entonces podía estar en medio del mar a quinientos metros de la costa, tocando la boya y repitiendo la misma frase para ver quién se atrevía a llegar al fondo y tocar la piedra a donde va anclada.

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