Mi casa del pueblo se construyó en el año 1929. Desde que un aventurero indiano, antepasado mío, se decidiera a edificarla, sólo Dios sabe la cantidad de sentimientos que se han cobijado en este espacio. Algunos han sido revelados abiertamente, otros más oscuros han sido descubiertos por mi en conversaciones de cocina, finiquitadas demasiado tarde, cuando mi sigilosa presencia era acusada. Otros fueron sacados a la luz tras arduas investigaciones por parte de mi madre, siempre curiosa por saber de nuestros antepasados. Otros dejaron visible cicatriz, como la bala de cañón de la Guerra Civil Española, que entró prudentemente por una ventana y rodó escaleras abajo sin causar mayores estragos que una muesca en el último peldaño de piedra.
No creo en los espíritus como entes independientes, pero estoy convencida de que existen dentro de nosotros. Y es a través de los lugares que hemos compartido con ellos como podemos sentirlos más presentes.
No quiero asustar a nadie pero ahora mismo, desde la galería sur de mi casa, puedo ver perfectamente a mi madrina (enterrada en el año 92) sentada en la mecedora de la galería norte, con su vestido ochentero de abuela, blanco y azul marino y con lunares naranjas, que se abrochaba con una pila de botones adelante, y siempre dejaba asomar la puntilla de la enagua.
También escucho el alegre eco de mi madre preguntando -¿quién quiere venir a Llanes?- , o -vamos a la playa que está clareando-, o -¡madreee!, ¡cuánto hay que hacer en una casa!-. Esto último me veo yo diciéndolo también ahora a menudo, desde que no está.
Pero lo más fuerte es cuando me asomo a la ventana que da al jardín y me veo a mi misma jugando con mi hermano, descubriendo salamandras, subiéndonos a los árboles o dando incansables vueltas a la casa con la bici.
Hace un par de años volví a pasear por la zona de mi Colegio Mayor y de pronto me invadió la presencia de mi primer novio, Cecilio, sin duda el hombre que más huella ha dejado en mi vida. Dicen los Cat Stevens que “The first cut is the deepest”. Más castellanizado, que el primer amor no se olvida nunca. ¡Cómo quise a ese hombre! Me costó tanto olvidarlo, que aún no lo he hecho.
Estaba felizmente casada, pero no pude evitar mandarle un mensaje para compartir mis buenos recuerdos. Y me respondió algo precioso: “No es bueno frecuentar los lugares donde fuimos extremadamente felices”.
Estaba felizmente casada, pero no pude evitar mandarle un mensaje para compartir mis buenos recuerdos. Y me respondió algo precioso: “No es bueno frecuentar los lugares donde fuimos extremadamente felices”.
Por supuesto que te invade la melancolía. Hace unos meses volvía a pasear por ahí con un chico que me gustaba mucho, pero que realmente nunca estuvo en ningún lugar conmigo. Es relevante que mientras yo le comentaba entusiasmada dónde había estudiado y le señalaba mi habitación del Colegio Mayor, él hablaba con otra persona y no se enteraba de nada.
En esta etapa telúrica de mi vida donde cobra tanta importancia lo espiritual frente a lo material, se me hace especialmente relevante la expresión “estar de cuerpo presente”. El cuerpo no es nada. Los cuerpos no llenan los espacios, sino los espíritus. Y muchas veces los llenan tanto que se quedan ahí para siempre.
Me recuerda mucho a un poema que le encantaba a mi primer profesor de Literatura, el Padre Dictino. Era un cura, pero yo estoy segura de que en su día amó con toda su alma a una mujer porque si no, no habría sido capaz de recitar la estrofa de este poema como la recitaba: Soleares, de Manuel Machado:
Tu calle ya no es tu calle,
que es una calle cualquiera,
camino de cualquier parte.
No se me ocurre una manera más bonita de describir el desamor. Por eso sé que una parte de mi sigue enamorada de mi primer amor, porque para mi, su Colegio Mayor siempre será su Colegio Mayor.
Sólo a través de los espacios podemos seguir manteniendo una promesa de fidelidad más allá del compromiso físico. En su día le prometí a Javi que nunca volvería las Cuevas de Valdevimbre, testigo de nuestro apogeo amoroso, con nadie más. Un día, otra persona me propuso ignorante la traición. Puse una excusa y aún mantengo nuestro compromiso.
Lo sé. Soy una romántica sin remedio.
https://youtu.be/qdG2i-QqG54
Fito & Fitipaldis - Las nubes de tu pelo. Para todos aquellos que saben dejar su espíritu ...
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