sábado, 28 de marzo de 2015

ASTURIAS, PATRIA QUERIDA



Porrúa (Asturias) (España)(Europa)(La Tierra)



Acabo de llegar a mi pueblo. Los asturianos expatriados, cuando tenemos el privilegio de volver a casa, siempre decimos que "vamos pa la tierrina". También proclamamos con un sano sentimiento nacionalista universal que ser español es un honor, ser asturiano es un un título.

Mis hijos llevan este sentimiento en los genes. Cada vez que planificamos un viaje a Asturias lo primero que preguntan es cuánto tiempo van a quedarse. Como buenos negociadores que son, en seguida empiezan a darme todo tipo de ideas para alargarlo. También me alegra comprobar su gran capacidad de esperanzarse, ya que cuando ven que no hay manera de salirse con la suya, acaban apelando a la posibilidad de que caiga una gran nevada y tengamos que quedarnos por causa de fuerza mayor.
Al final yo reflexiono de nuevo sobre la insatisfacción innata del ser humano, siempre dejando de disfrutar el presente por esperar demasiado del futuro.
Aprovecho para tratar de explicarles esta lección y parece que la entienden cuando les digo que nada más llegar van a ver a su a abuelo y disfrutar de unos moros y cristianos (alubias pintas con arroz) y que no deben pensar mucho más allá.

En este viaje, aparte de querer estrellarme con ellos sólo en tres ocasiones, me he emocionado mucho en varios momentos. Antes que nada voy a explicar lo de querer estrellarme, no vaya a ser que vengan los de asuntos sociales a quitarme mi media custodia. 

Cuando estaba felizmente casada, mi marido conducía y yo iba haciendo el chou durante todo el viaje. Bueno, a veces iba haciendo el chou y a veces repartiendo cachetes. Pero controlaba la situación para que el conductor pudiera permanecer relajado y concentrado al volante. Ahora que soy la mujer orquesta, todo lo más puedo entretenerles cantando canciones. Así que, cuando se empiezan a pelear a grito pelao no puedo evitar visualizarme estrellando el coche en un aparatoso accidente con vueltas de campana, para explicarles con mucha tranquilidad mientras nos rescatan los bomberos, -¿veis lo que pasa cuando no respetáis la calma que necesita un conductor?- Luego también me imagino tumbada en la camilla dejándome llevar mientras el guapísimo bombero se interesa mucho por mi estado. (Me voy tener que pasar a la ficción)

Al final no ocurre nada de esto y lo que hago es pegarles un grito del copón bendito que también surte efecto. A cambio también hay momentos de entrañable conversación donde me emociono mucho pensando que igual dentro de poco les puedo pedir hasta que escriban el blog por mi. (Definitivamente me voy a pasar a la ficción)

-¿Por qué Asturias está tan lejos?-, pregunta mi hija resignada después de infinitos cuantoqueda. -Es así, Alicia. Si estuviera más cerca no sería Asturias-, contesta sabiamente mi hijo. 
-Yo de mayor no voy a trabajar para vivir en Asturias-, planifica mi hija.
-Pues yo lo que voy a hacer es trabajar en Asturias-, deduce el pequeño crack de mi hijo.

-Buena idea. Yo también-, secunda la hermana.

Por fin llegamos y mi padre nos recibe tan encantador como siempre. El escenario de siempre. Los olores de siempre. La casa familiar de siempre (de la que hablaré mañana sin falta).

Comemos juntos con una agradable conversación. Yo no quiero vino. Quiero aposentarme poco a poco sintiendo cada momento con toda la sobriedad posible.

Mi padre pregunta en alto -¿quién quiere luego plantar un árbol conmigo?-. Los dos contestan entusiasmados levantando la mano. Me encanta cuando levantan la mano abriendo mucho los ojos con el dedo para arriba en una emoción celestial. De hecho mi hijo levanta la mano y hace más muecas que un mimo en Las Ramblas. Y me miran sorprendidos de que yo no la levante. -Yo igual aprovecho y me echo una siesta-, contesto a ver si cuela.

Y sí. Cuela. Estoy en mi tierra. En mi tierra todo fluye. La tierra verde del Valleyu de Serna, de donde siempre saco fuerzas. Más fuerzas que un irlandés, porque yo soy asturiana.

Asturias, Melendi







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