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| El árbol de la vida, de Klimt |
Ayer escribí sobre mi madre y eso me hizo volver a sentirla más. Por fin empiezo a reconocerme a mí misma lo mucho que la echo de menos. Ya no sé qué demonios de fase de duelo sería esa. Sólo sé que la siento con más gloria que pena. Que al tiempo que se me encoge el corazón y se me empañan los ojos mis labios se juntan para contener las lágrimas dibujando una sonrisa.
Uno de los libros que solía tener mi madre en su mesita de noche era El Árbol de la Vida, de Francesco Alberoni. El subtítulo reza: Acerca de las fuerzas, los deseos y las pasiones que nos permiten vivir. Y es curioso que pertenece a la Colección Libertad y Cambio, dentro de su editorial.
Ahora este libro está en mi mesita de noche, y me está ayudando mucho en esta etapa de mi vida. "El hombre es el único ser viviente insatisfecho con su naturaleza. Siempre lo fue, aun en el pasado más remoto al punto que imaginó seres inmortales y felices: los dioses". Así arranca este tratado de máximo potencial del imperfecto ser humano.
Todo el libro es un canto a la libertad y a la capacidad del ser humano para evolucionar a través del cambio. Evidentemente nunca llegaremos a ser Dioses, pero sí podemos llegar a sentir breves instantes de eterna inmortalidad. Para ello tenemos que entregarnos sin miedo a lo que él llama el estado naciente, que viene a ser una sensación de poder alcanzar una posición más perfecta y más feliz.
Es evidente que dicha posición tampoco durará para siempre y su vislumbramiento ni siquiera ofrece la garantía de llegar a materializarse, pero hay que arriesgarse.
"El estado naciente no es un pacífico estado de certidumbre. Tanto en el amor cuanto en la conversión nos precipitamos a un riesgo existencial, arrojamos nuestra vida más allá, hacia la esperanza luminosa sin saber -porque nadie puede decirlo- si el camino es transitable. Cuando nos enamoramos, no sabemos si nos amarán con la misma fuerza terrible que nos arrebata. En realidad, no sabemos con seguridad ni si quiera si amamos. Nos damos cuenta de que amamos, porque nos sobreviene de modo continuo el pensamiento del ser amado aunque queramos expulsarlo de la mente, porque nos asaltan deseos de llorar, necesidad de volver a ver sus ojos aunque sea por un instante, de sentirnos acariciados aunque fuera por última vez. Nos damos cuenta de que estamos enamorados, porque nuestro amor se impone".
Mi madre era una enamorada de la vida. Y estar enamorado de la vida supone estar abierto al cambio. Este cambio a veces resulta muy doloroso, y, desde luego está lleno de incertidumbres, pero es el único camino para aprender y evolucionar.
El otro día teatralizaba con un amigo lo terrible que habría sido mantenerme felizmente casada con mi ex-marido. -Imagínate qué coñazo. Qué rollo. No habría pasado por todo este dolor. Y probablemente nunca habría iniciado este blog. Viviría asquerosamente feliz con toda mi familia junta. Y tendría la misma sonrisa esa estúpida con la que aparezco en las fotos de los años felices de nuestro matrimonio. ¡Qué horrorrrr!-.
Pero es cierto que no habría evolucionado tanto. ¿Veis? Tenía razón mi madre. Todo tiene su lado bueno.
Tengo que acabar porque no llego a teatro y tengo que seguir cultivando la capacidad de mi fuerza expresiva...
Le voy a echar morro y copio otro fragmento clave de Francesco para animarnos a lanzarnos al vacío de la reestructuración.
"Todo cambio en el corazón implica dolor y pena. Pensemos en el momento en que vamos advirtiendo que no amamos como antes a nuestro hombre o a nuestra mujer y nos sentimos atraídos por otra persona. No hablo de un enamoramiento brusco como el rayo sino de esas cosas lentas, tan frecuentes, cuando lo nuevo nace junto a lo antiguo y todo parece como antes, pero ya no es así. Viven entonces en nosotros tanto lo antiguo como lo nuevo, lo anterior nos conmueve, nos parece que al perderlo perdemos una cosa esencial de nuestra vida. Por otra parte no tenemos el coraje de renunciar a lo nuevo. Es como una chispa, una lucecita, una ternura, un momento de evasión, una sensación de paz que nos hace olvidar el drama, la tensión. Y sin embargo no somos felices, más aún, somos doblemente infelices. Todo esto es humano, humano en extremo y no puede eliminarse. Algo de nosotros muere... El desasosiego por el fin del mundo desaparecerá algún día, nuestro dolor llegará a su fin y surgirá un alba nueva más luminosa y hasta podremos recordar el pasado".
No es nada fácil enfrentarse a los cambios estructurales de la vida. Pero hay que ser valientes y una vez decidido el salto no mirar atrás o nos quedaremos convertidos en tristes estatuas de sal.
De todas formas mañana escribiré un blog sobre las consecuencias de las consecuencias para estos casos. Así que no os lancéis aún...
¡I Lived! de One Republic

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