Abrió los ojos y sintió un enorme dolor en ambos costados. Pensó que sería por haber dormido en una mala postura. Cuando por fin logró girarse con mucho esfuerzo descubrió unas plumas blancas sobre el colchón. Había tenido otra de esas noches agitadas, pero tanto como para rasgar el edredón... Le vino a la mente su sueño recurrente.
Ella conducía una moto de montaña por una ruta que cada vez se volvía más estrecha y sinuosa. Pero la imagen que veía en el retrovisor la obligaba a seguir por una poderosa razón. Lo que dejaba atrás era la nada. La potente seguridad del motor bajo su cuerpo la ayudaba a controlar su angustia. Lo que no sabía era cuánto tiempo podría dominar ese caballo de acero cada vez más desbocado. Le dolían las muñecas de sujetar el manillar con tanta fuerza. Tampoco le quedaba mucho depósito. Veía pasar los árboles cada vez más deprisa para desaparecer sin dejar ni rastro en el espejo retrovisor, igual que las piedras del camino y las nubes y los arbustos.
Ni siquiera sabía a dónde iba...
Estaba sorprendida con su capacidad de resistencia. Incluso enfadada. No quería rendirse. Por eso esperaba que sencillamente la abandonaran las fuerzas. Pero las fuerzas no la abandonaban.
Empezó a perder la noción del tiempo. Le daba la sensación de que las estaciones se sucedían cada minuto. Una bocanada de calor desértico daba paso a una lluvia torrencial. Granizo. Viento primaveral.
Echó un vistazo a la aguja del cuenta kilómetros. Marcaba 1.000 kilómetros por hora. En ese momento siempre se daba cuenta de que estaba soñando. Entonces su estado anímico daba un giro de 180º no sólo porque ya sabía lo que iba a pasar, sino porque lo que ocurría a continuación era maravilloso.
Los árboles se hacían cada vez más grandes. De sus raíces comenzaba a emanar agua que surtía ambos lados del camino. Al poco tiempo empezaba a llover hojas grises que cubrían el terreno escarpado y hostil con un manto de terciopelo plateado. La carretera se volvía recta y espaciosa. Una belleza deslumbrante se apoderaba del paisaje. Y de pronto, sobre el fatigado rugido de su moto se empezaba a escuchar una melodía maravillosa que la embargaba de felicidad.
En ese momento soltaba los mandos de la moto y conseguía desplegar unas enormes alas blancas que le permitían elevarse sobre el cielo para disfrutar de aquel impresionante paraíso que había conseguido crear sólo con su mente.
Pero qué raro. Estas plumas...
Logró sentarse en el borde de la cama y apoyó los pies en el suelo. Al ir a ponerse de pie un enorme contrapeso sobre su espalda la tiró de nuevo sobre la cama.
No pudo contener un grito de dolor al notar que se clavaba dos enormes huesos contra la espalda. Tomó un fuerte impulso para conseguir erguirse definitivamente. Una sombra enorme se alzó sobre todo su cuerpo eclipsándo su figura frente a la pared. Una sombra tan grande como la duda que la angustiaba:
¿Cómo iba a caminar ahora con esas alas de gigante?
No hay comentarios:
Publicar un comentario