Por este motivo no me sorprendió demasiado que mi razonable ex-marido, según viajaba de Madrid a traerme a los niños, me pidiera que le reservara un par de noches en un hotel rural en mi pueblo.
Como yo soy de naturaleza amable le ofrecí quedarse con nosotros en la amplia casa de verano. Al fin y al cabo estaba mi padre presente para proteger mi honra. Su extremada caballerosidad le llevó a wasapearme un correcto: “¿Estás segura?. No es necesario”. A lo cual respondí que la oferta era sincera y sensata siempre y cuando no viniera con una mujer, ya que mi grado de liberación no había llegado aún a ese punto.
Entonces me comentó que venía con un amigo y volvió a insistir en la opción del hotel rural, que finalmente fue la elegida.
No me preguntéis cómo de pronto me vi sentada al lado de su encantador amigo, quien a su vez sostenía con toda confianza a mi hija feliz en su regazo. Mientras mi ex marido charlaba afablemente con mi padre, su encantador acompañante me enseñaba las fotos de una amiga común con la que salían a menudo en su nueva cuadrilla de bici. De hecho me mostró también las fotos de su nueva pandilla. Muy majos todos, aunque extraños para mi.
Cuando después de tres horas de agradable conversación se fueron a compartir la única habitación con cama de matrimonio que quedaba en el hotel, bromeé seriamente sobre lo mucho que me agradaría que hubieran cambiado de acera y el amigo fuera un nuevo coopadre para mis hijos. Creo que no era el caso, pero nunca se sabe.
Al día siguiente se iban a subir en bici al Lago Enol, pero mi ex propuso invitarnos a cenar a todos a la vuelta, “más que nada por los niños”.
No me preguntéis cómo de pronto me vi sentada en frente de mi ex marido escuchándole decir que había pasado los mejores años de su vida a mi lado, pero que él ahora quería seguir por libre, y que, por el bien de los niños, estaba genial que nos lleváramos así de bien.
Últimamente me ha preguntado más de un amigo/a qué siento por él. Ya no lo sé ni yo. Creo que lo que más siento es que se nos pasó hace mucho la fecha de caducidad.
Ayer, dos mujeres de mi pueblo muy sensatas que se lo habían encontrado por aquí, me comentaban que ellas en mi caso no le querrían ver ni en pintura.
Al principio les di la razón. Esos dos días de convivencia con él, cenando como amigos en el restaurante en el que me abrazaba cuando tenía frío o haciendo surf con las mismas tablas en las que en su día aprendíamos a deslizar nuestro amor, me dejaron un poco descolocada. Pero ser valiente tiene su premio. Después de enfrentarme a esta situación y darle vueltas y vueltas a mis sentimientos, me he dado cuenta de que el problema, de nuevo, es sólo mío. Y sólo yo tengo la solución.
Esa mujer fuera de foco por fin ha logrado ver al padre de sus hijos como lo que es: el padre de sus hijos. Nada más y nada menos.
Otra paradoja. Porque creo que era el papel más claro de asignar en esta nueva vida postdivorcio. Pero también era el más difícil de reconocer. Y mira que yo tengo mentalidad de reciclaje.
Claro que reciclar al que fuera el amor de tu vida son palabras mayores.
Ahora sólo espero que él haya hecho el mismo ejercicio y los dos seamos capaces de actuar siempre pensando en el bien de nuestros hijos. Sencillamente haciendo todo lo que esté en nuestra mano para hacernos la vida más feliz y más fácil, sin rencor y sin anhelos.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar