lunes, 7 de septiembre de 2015

JUGAR A PERDER





El último espejismo al que he tenido que enfrentarme en mi dura travesía por el desierto emocinal que inicié hace ya más de una año ha sido tan asombroso que me ha llevado a cuestionarme todo mi planteamiento vital.

No sólo nada es lo que parece, sino que la mayoría de las veces es precisamente lo contrario.

-No prometes lo que cumples, -me chantajeaba ayer mi hijo equivocadamente acertado porque no le quería comprar una movida de lanzar que ya había sido canjeada por no sé cuántas cosas. Lo cierto es que sin haberlo prometido, estoy cumpliendo con un nuevo hábito de no sucumbir a sus caprichosas peticiones materiales cada vez que tienen la más mínima posibilidad de sacarme algo. 

Las verdaderas promesas no tienen que plantearse. Se cumplen sin más. Igual que los besos y abrazos más necesarios no se piden, se reciben.

El domingo pasado regresaba a Madrid con mi buena amiga Carmen haciendo balance del inolvidable verano de 2015. Comentábamos lo injusta que era a veces la vida, cuando por más que lucharas, no obtenías los resultados merecidos. Entonces me dio un consejo clave. Me dijo que a veces lo mejor era jugar a perder. 

Está claro que si quieres tener distintos resultados tienes que cambiar de estrategia. Y a mi la de ir a ganar me ha ido de culo. Así que mira. Ahora creo que voy a ir a perder.

(Hago aquí un inciso, en honor a mi amigo Luis Ángel para aclarar que, con jugar a perder me refiero más bien a saber dosificar las fuerzas para buscar una victoria más a largo plazo. Y apunto su definición de derrota, que me ha gustado mucho, como una visión opuesta a aquello que queríamos conseguir)

Lo cierto es que así fue como me tomé este verano lo del proyecto de la serie de ficción y ha sido uno de mis mayores logros personales de los últimos meses. Empecé a escribirlo con todas mis fuerzas, pero sin esperar tampoco grandes resultados. Por el camino tuve la suerte de encontrame con un admirado guionista asturiano que más allá de darme unas pautas clave para pensar en el objetivo último de satisfacer los deseos de las cadenas, me animó comprendiendo mis limitaciones y alentándome a enfrentarme a cualquier miedo al fracaso.  

Al fin y al cabo un triunfador es un fracasado que lo intenta una y otra vez.

De nuevo las paradojas y mi comprensión cada vez más empírica de la filosofía Tao, que significa camino. El planteamiento vital de esta forma de pensar distingue claramente la virtud del verdadero avanzar retrocediendo, porque cuanto más se busca más se pierde y cuánto menos se pretende más se encuentra.
No hay nada que anhelar más que la satisfacción interna. El saber que lo has intentado con toda tu fe y evidentemente con tus mejores intenciones. 
De nuevo, todo está dentro de uno mismo. Y nadie es quién para juzgar nuestros actos.

Otra cosa que parece obvia y no lo es tanto. 

Últimamente he conocido varias almas prisioneras por injustísimas calificaciones de individuos tan imperfectos que se creen Dioses. Individuos tan perdidos que sólo buscan culpables en quien depositar su terrible miedo al fracaso.

Esos individuos ya me dan igual. Pero a las almas prisioneras les digo que la única manera de liberarse es abandonar. Dejar de luchar por una aprobación y un reconociemiento que no va a llegar nunca y hacerlo sencillamente por la propia satisfacción personal.

A veces es imprescindible perder alguna batalla para ganar la guerra.


Hilario Camacho-Tristeza de amor  

... Son muchos los que ignoran el llanto y el amor. Matan el cariño. Abusan del dolor.

https://youtu.be/sLNhGccpnBA 


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